Estoy en un cuarto de baño de una casa que, se supone, es la mía. Es muy amplio, ya que incluye un armario ropero. Me dispongo a arreglarme para ir a alguna parte. No sé donde. Saco del armario un viejo "foulard" de gasa con estampaciones de leopardo y lo coloco en mi cabeza a modo de turbante, al estilo años cuarenta. Me encuentro horrorosa, pero, aún así, me envuelvo en una raída gabardina, que me llega hasta los tobillos. Suena la puerta. Es mi hermana, recordándome, que tenemos cita con el médico. De repente, caigo en la cuenta de que no me he arreglado los pies. Me quedo horrorizada, al tiempo que pienso que el ginecólogo no tiene por qué vérmelos. Sin embargo, vuelvo al armario y saco unos minúsculos calcetines con dibujos, que me enfundo sobre otros que ya llevaba puestos. En ese momento entra mi hermana y hace elogio de mis calcetines, pasando por alto el resto espantoso de mi atuendo. Salimos a la calle. Es de noche. Más bien, parece de madrugada de invierno. Bajamos por una calle en cuesta, desde la que se divisa un lejano autobús, al que se dispone a subir gente apiñada, posiblemente para dirigirse al trabajo. Entonces, le pregunto a mi hermana qué opina de mi aspecto. Y mirándome de arriba abajo, como si no me hubiese visto antes, me recrimina mi dejadez y falta de autoestima . Recapacito y le digo que tengo que volver a casa. De nuevo, estoy e el cuarto de baño.Me miro al espejo. Realmente la imagen es patética. Trato, inúltimente, de cambiar de forma el turbante. No hay manera de mejorar mi estética. Es imposible. Sin pensármelo dos veces, me arranco el "foulard" de la cabeza. La imágen es todavía peor. Tengo el pelo sucio y encrespado. Cada vez peor. No obstante, salgo de nuevo a la calle. Mi hermana me está esperando en su coche. Ya no vamos andando. Arranca, y veo a uno de mis hijos en el asiento de atrás. Ella me recuerda que la citta con el doctor es a la once y media. Seguimos adelante, cuando me doy cuenta de que he olvidado los talonarios médicos en casa. Se lo hago saber a mi hermana, que, tras buscar infructuosamente en su bolso, me dice que a ella le sucede lo mismo. Casualmente, pasamos por delante de la sociedad médica y le pido que vaya a buscar unos nuevos. Sigue siendo de noche cerrada, aunque las oficinas están encendidas. Mi hermana aparca en una especie de isleta, frente al edificio y yo me quedo en el coche con mi hijo, que en ese momento confundo entre el mayor y el pequeño. Me da miedo quedarme sola en un coche. No sé conducir y pienso que se puede poner en marcha por sí solo. No acabo de pensarlo, cuando el vehículo comienza a avanzar lentamente, hacia otros coches aparcados delante. No sé cómo, pero consigo frenarlo, no sin antes embestir a uno, que sale a toda mecha, sin conductor, sembrando el pánico entre una multitud, antes inexsistente. De repente, aparece un policía pidiéndome los papeles. Le digo que no tengo nada, que el coche no es mío. Me responde que, en breve, vendrán a llevárselo. Me muero de miedo y le digo a mi hijo que vaya a buscar a su tía y que le cuente la situación. Sale del coche, pero en ese momento le llaman unos amigos, que aparecen súbitamente. Olvidándose del tema, se mete con sus colegas, en el asiento de atrás, mientras una viejecilla harapienta me pregunta que si puedo cuidar a su perro. Me voy despertando lentamente, poco a poco, pero mi cerebro se niega a abandonar el escenario y, durante un buen rato vuelvo a ese lugar irreal. Al final, me despierto del todo, casi con pena.
viernes, 20 de noviembre de 2009
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