Me despierto dentro de mi sueño. A través de mi vieja persiana, percibo los rayos del sol de la mañana. Salgo de la cama y siento un placentero calor envolvente. Me desperezo lentamene y subo la chirriante persiana.. y, oh, Dios mío, la terraza está cubierta de nieve completamente. Me digo a mí misma, que cómo es posible que con semejante temperatura haya podido suceder tal cosa. Me acuerdo de las plantas y pienso que, posiblemente, se hayan helado. Todo, por no habérlas bajado ayer al rústico. Siento una presencia detrás de mí. Es Ángela diciéndome que, si quiero, me ayuda a transportarlas abajo. Se lo agradezco, pero le comento que me resulta imposible acarrear tanto peso. En ese momento, siento voces que provienen de la entrada de la cocina. Me doy cuenta de que llevo los rulos en el pelo. Me desprendo de ellos, rápidamente, me peino con los dedos y miro por la puerta entreabierta. Veo a Miguel, el fontanero, a Rafa y a Jose y, detrás, a Juanse. Miguel habla sobre el problema que tenemos en la caldera y la forma de resolverlo. Sube Merche, despavorida, preguntándome cómo va a dar de comer a tanta gente porque, aunque ha puesto siete platos en la mesa, no tiene nada preparado ni nada en el frigorífico. Me sugiere que vayamos a comprar lo que sea. Sigue haciendo un día espléndido. Nos dirigimos a un supermercado, situado frente al parque de la calle Santander, donde antes vivía Merche, muy lejano de nuestra actual residencia. No había estado allí nunca, ni sabía de su existencia. Frente a la puerta de entrada, hay una charcutería. El dependiente, atiende a mi hermana de manera que hace suponer, que la conoce de toda la vida y empieza a despacharle todo el género que le va pidiendo e incluso, recomendándole, todas sus excelencias. Me doy cuenta de que las lonchas de los fiambres son demasiado gruesas. Todo lo contrario de lo que le gusta a Merche, quien, tras mi comentario al respecto, me responde que da igual. Y mi hermana pide y pide y pide... Ya es tarde y aquello no termina. Volviéndome hacia ella, le pregunto si tiene dinero para pagar y, de la forma más natural, me dice que no. Detrás de mí, casi inperceptible, está Juanse, a quien hago la misma y pregunta y de quien obtengo la misma respuesta. Entonces digo que tengo que ir al cajero y que me esperen. Salgo del establecimiento pensando que la sucursal está un poco alejada, cuando - cuál es mi asombro- justo enfrente, veo unas oficinas de Cajamadrid. Cruzo la calle, ya tranquila, pero el entorno está solitario y decido sacar el dinero en el interior. Traspaso la puerta y me encuentro, en sus respectivas mesas, frente amí, con tres funcionarios que me miran inquisidoramente. No dándome por aludida, me dirijo a los cajeros automáticos, que se encuentran a mi izquierda. Uno de los funcionarios me habla de una antigua amistad que mantuvimos y de la que yo no recuerdo nada. Me vuelvo, de nuevo hacia las máquinas expendedoras. Son rarísimas. No sé por donde meter la tarjeta. Al final lo consigo, pero de dinero nada. Se me exigen códigos raros, signos inenteligibles; en fín, un lío infinito. Estoy a punto de claudicar, pero necesito el dinero. Tras de mí, uno de los tres funcionarios de la entidad, me increpa de manera casi amenazadora. Me llama inepta, bruta, incompetente y otras lindezas por el estilo, mientras requiere mi tarjeta para realizar la operación. Se la doy sin rechistar. Empieza a teclear. Me siento salvada. Pero, en lugar de dinero, por una rendija, sale una especie de bocadillo grasiento de butifarra, en un plato de plástico, que se dispone a deglutir, con fruición ,pasando de mí olímpicamente. Oiga, por favor, qué pasa con mi dinero. Mi hermana me está esperando en el supermercado de enfrente. Si quiere, puede verla por la ventana. Mírela. Por toda respuesta, me mira displicente, mientras entre bocado y bocado, con la grasa chorreándole por la barbilla, me dice: calma, señora, que todo lleva su tiempo. Estoy al borde de la paranoia y le digo que el único inepto es él, que yo he estudiado la carrera de derecho (miento ) y que me devuelva la tarjeta, o de lo contrario le denunciaré, dadas mis altas relaciones con el ámbito judicial. No me hace ni puto caso. Miro por el ventanal y veo a Merche que sale de la charcutería con una bolsa repleta de víveres, sin haber pagado....y yo comiéndome el coco.
Este sueño lo tuve, realmente, la víspera de que viniera Miguel a arreglarnos la caldera, mientras pensaba que se nos podían helelar las plantas de la terraza.
es
Este sueño lo tuve, realmente, la víspera de que viniera Miguel a arreglarnos la caldera, mientras pensaba que se nos podían helelar las plantas de la terraza.
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